martes, 1 de noviembre de 2011

La armonía entre quesos y vinos

No existe matrimonio más simple y más complejo a la vez que el del queso y el vino, y para poder disfrutar de ambas delicias juntas no hace falta más que algún conocimiento, o bien dejar fluir a los sentidos e innovar, para encontrar una fabulosa armonía.





Los quesos son, junto con el pan y con el vino, una trilogía que ha acompañado al hombre a lo largo de la historia. Y seguramente las experiencias y las diferentes culturas hoy nos arrojan algunas sugerencias para hacer de esta dupla de sabores una combinación exitosa.
Como en toda buena convivencia, existen algunas reglas, aunque también se nos presenta todo un universo para probar y de nuestro gusto depende.
Los diferentes quesos requieren de determinados vinos, y no todos tienen que ser tintos, tal como lo supone el gran imaginario colectivo. Un solo vino es incapaz de combinar a las mil maravillas con toda la variedad existente de quesos y, aunque parezcan decisiones alocadas, hay algunos quesos bien salados que mejor se expresan en compañía de los vinos blancos más dulces.
Lo ideal, reitero que no es la última palabra, es comer los quesos blancos o semiduros con algún tinto suave, que puede ser merlot o malbec, o hasta un cabernet sauvignon con alguna evolución en botella. También el malbec y cabernet sauvignon son buenos compañeros de quesos más picantes como el gruyere o emmenthal. Un placer supremo resulta del maridaje de este tipo de quesos con un buen vino tinto, elegante y armonioso, suave pero con marcada personalidad, pero si de innovar se trata y nos dejamos sorprender, encontramos buenas opciones en cepas no tradicionales como la sangiovese o la bonarda, o más aún en blancos maderizados como el viognier o el menos conocido verdelho.
Un comentario especial merecen los quesos saborizados, ya que su intenso sabor tiende a tapar a cualquier vino que pretenda maridarlos. En cambio, para los quesos de cabra, nada mejor que un vino blanco, desde un torrontés bien frutado, hasta un más ácido sauvignon blanc. Los rosados, por su parte, exaltan sus cualidades frente a quesos más livianos como los frescos o cremosos, los brie y los camembert.
Con un fontina, un merlot y con un queso ahumado un syrah. Y pese a lo llamativo del contraste, a los quesos azules como el roquefort, les sienta bien un vino preferentemente blanco como un cosecha tardía o un dulce natural.
En fin, nos encontramos ante una cantidad de sabores y texturas que se funden deliciosamente en nuestro paladar. Nada de platos por demás elaborados, simplemente un queso y un vino, un vino y un queso. De la buena elección a la hora de combinarlos, dependerá la armonía entre estos dos fieles compañeros.

Por Marina La Forgia




2 comentarios:

  1. Genial este post, la verdad es que la unión entre el vino y el queso como comentais, es francamente genial… me gustaría compartir uno de mis placeres siempre que tengo un rato de tiempo.. A mitad de tarde me encanta disfrutar de un buen vino, por ejemplo un Cyan prestigio de la DO Toro y un buen pedazo de queso… una tarde genial..

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  2. Es verdad, combinar armoniosamente un pedazo de queso y una copa de vino es para mi tambien un placer supremo! Salud!

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